A 100 años de su natalicio, Rosario Castellanos no termina de escribirse. “Es una escritora imprescindible para entender bien a bien el papel de la mujer en la cultura escrita en el México del siglo XX”, explica Laurette Godinas, investigadora en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM.
Apenas en enero de este año, Gabriel Guerra, su hijo, abrió unas cajas con el archivo personal de su madre para permitir la continuidad de sus letras y retomar las palabras que ella misma decía: “No doy por vivido sino lo redactado".
De Rosario Castellanos, lo redactado son también los textos que aparecen ahora a la vista para leer y descubrir el camino que han andado.
Laura Cabrera, encargada de custodiar el archivo de Castellanos en la oficina de Gabriel Guerra, se acercó a los estudiosos de Rosario ese día presentes y les alcanzó un mecanograma de tres páginas. “Miren lo que está aquí”, les dijo.
El texto dejó deslumbrada a Laurette que, como la castellanista de la Biblioteca Nacional, puso primero atención en el título: Lecciones de cosas. El título correspondía a un poema incluido en En la tierra de en medio, que fue publicado en 1972. Pero el texto siguiente al título no correspondía a la poesía que conocía la investigadora.
Aquel era un texto en prosa donde habla Rosario Castellanos, la madre de Gabriel, de tres años.
Es verano y la noche tarda tanto en caer que la luna se atreve a asomarse cuando el sol no acaba aún de ponerse. Gabriel, que no conocía el cielo nocturno, grita ante la aparición de un astro cuya hermosura lo pasma hasta que yo destilo en su oreja las dos sílabas ―lu-na― que le permitirán sentirse dueño de esta celeste, brillante y remota creatura.
Laurette terminó de leer y se preguntó: “¿Qué es? ¿Es un inédito? ¿No es un inédito?” y ahí comenzó el trabajo que hace en filología y la labor por reconocer el génesis del texto.
Transcribió las letras de Rosario y comenzó con la revisión bibliográfica. En el libro: ¡Ay vida, no me mereces!, de Elena Poniatowska, encontró citado parte del texto y dijo: “Ya está, sí se publicó”. Miró la fecha de referencia de la publicación y la tinta señalaba 28 de agosto de 1973.
Como toda investigadora interesada en la ensayística de Rosario Castellanos, acudió a la imprescindible compilación de Andrea H. Reyes titulada: Mujer de palabras, en la que reunió en tres volúmenes todos sus ensayos. Ahí también, la fecha de publicación marcaba el 28 de agosto de 1973.
Pero Laurette, obsesionada con la pieza y las cosas que sabe de Castellanos, sabía que el detalle de la máquina de escribir con la que había escrito Rosario no era de esa época, tal vez entonces, podría ser de sus textos primarios. La suposición la llevó hasta la Hemeroteca Nacional de México a hurgar entre los viejos números del Excelsior, periódico en el que Rosario publicaba en las páginas editoriales. Aquello se había convertido en un reto de investigación.
Laurette quería encontrar las palabras exactas de Rosario:
De pronto las pupilas de Gabriel se contraen de extrañeza, se dilatan de alarma, se anegan en lágrimas de desconsuelo: la luna ha desaparecido tras un nubarrón obscuro.
Fue al 28 de agosto de 1973 y: “Nada de Rosario”.
Y aunque aquello era una decepción, decidió revisar el tomo que tenía frente a ella. Finalmente, para emoción de la investigadora, el texto apareció el lunes 20 de agosto de ese año.
Yo sé que ahora, por primera vez, la conciencia de Gabriel ha sido herida por el descubrimiento de la muerte.
Lo que Godinas resuelve es que aquel texto del mecanograma “lo tenía como en su reserva” y la publicación final en Excélsior se compone de dos textos a su vez: la primera parte, que narra cuando Rosario va a llevar a Gabriel al aeropuerto de Lod, en Tel Aviv, para que visite a su padre en el verano y la segunda parte, cuando el pequeño Gabriel conoce por primera vez el sentimiento de la pérdida con la luna. A ambos textos los une, por supuesto, la idea del vacío que dejan las personas y las cosas al desaparecer.
La historia del aeropuerto está escrita “con una narración mucho más anecdótica, como lo son a menudo las columnas que escribe desde Israel sobre la parte doméstica”, explica la investigadora.
Buscar en las letras de Rosario Castellanos es como encontrarla por primera vez, recorrer sus pasos, sacar conclusiones y hacer conjeturas, cada texto redactado por ella es una aventura.
Laurette Godinas recomienda que si nunca se ha leído a Castellanos, se podría empezar por sus cuentos y recomienda: La rueda del hambriento y otros cuentos, una selección hecha por Socorro Venegas, directora general de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM, y Andrea Fuentes, especialista en la autora.
A 100 años de su nacimiento, es un buen momento para empezar a leer a Rosario Castellanos, “una escritora muy valiosa que se fue demasiado rápido”, concluye.