Manuel Muñoz Olivares es un pintor profundamente singular. A través de Manuel Guillermo Lourdes recibió el legado de los grandes maestros europeos del Renacimiento, el Romanticismo y el Realismo, así como, con mayor intensidad, de los pintores que dieron un carácter propio a nuestro siglo XIX: Arrieta, Bustos, Castro, Coto, Velasco, Landesio... y se mantuvo siempre fiel a ese modo de reproducir lo que veía.
Mientras la Escuela Mexicana se dedicaba a exaltar temas de inspiración nacionalista, la ideología liberal, las acciones y el panteón de la Independencia, la Reforma y la Revolución, las utopías comunistas, el indigenismo, las luchas de obreros y campesinos, los progresos de la ciencia, y mientras la Generación de la Ruptura buscaba liberar a la pintura de todo contenido discursivo, Muñoz Olivares se mantuvo al margen de esas corrientes y fue independiente y popular.
Muñoz Olivares se ocupa de lo que algunos llaman los géneros menores: retratos de gente ordinaria, minuciosos paisajes urbanos y rurales, escenas costumbristas, bodegones, rincones pintorescos. Su mirada es amorosa, tierna, compasiva y profunda. Está concentrada, como lo hace "La suave patria", en sucesos, personajes y lugares de la vida diaria. Muñoz Olivares se dedicó a pintar lo que le salía al paso en la calle, y lo hizo con suprema maestría. Su obra construye una poderosa, rica y honda visión de lo mexicano, a partir de la diversidad de paisajes, tipos, usos y costumbres, formas de vestir, de comer, de cantar y bailar, ambientes y oficios que dan carácter a los muchos Méxicos que somos.
Fragmento del prólogo de Felipe Garrido
José Narro Robles
Felipe Garrido