En 1876, Józef Konrad Nalecz Korzeniowski, un marinero polaco de diecinueve años, hacía su segundo recorrido por el Golfo de México y el Caribe y tocaba algunos puntos de la costa de Venezuela. Entonces el joven marinero no podía imaginar que en el futuro iba a ser el escritor Joseph Conrad, y que uno de aquellos puertos, Puerto Cabello, se transformaría en el escenario de Nostromo, una de sus obras fundamentales; la más ambiciosa de sus novelas.
Reducir la anécdota de Nostromo a la aventura del capataz de cargadores de una mina, que roba un inmenso tesoro de plata, aprovechándose de la confusa situación creada por una guerra civil, y la paulatina destrucción moral del personaje, que hasta ese momento nos había sido presentado por todos los narradores como modelo de honradez, es no entender la novela.
La traición o la infidelidad a los propios ideales no se produce como acto individual sino que tiene raíces sociales. Nostromo describe una revolución a finales del siglo XIX, en Costaguana, un país imaginario de la América del Sur. Conrad mantiene su interés por el individuo y sus relaciones personales, pero extiende sus alcances para incluir tanto la vida privada como la pública de una nación. Costaguana es una república en la que imperan la brutalidad y la más absoluta corrupción política, en la que la tragedia y la farsa no son sino caras diferentes del mismo fenómeno. Costaguana es, nos guste o no, nuestro mundo. El de ayer, el de hoy.
Juan Mateos de Diego
Sergio Pitol