Entre las numerosas reglas y principios de la convivencia, quizá la más importante es el respeto por la vida ajena. Frente a un homicidio, sólo queda justificar el acto ante autoridades, jueces, familia, compañeros o incluso ante uno mismo. "El argumentar -nos recuerda Alberto Vital en esta obra- es un atributo [común], tanto como el interpretar, el narrar y el describir", y los personajes literarios, en su calidad de representación de seres humanos, son profusos en la utilización de todos estos actos de habla; un caso singular es el uso de la argumentación para justificar lo injustificable.
La argumentación formal e institucional se realiza en ámbitos controlados, como un tribunal, un aula o una mesa redonda; los escritores nos demuestran cómo este acto, completamente humano, se lleva a cabo en cualquier contexto. De este modo, los personajes de Juan Rulfo justificarán sus actos, construidos para y por lo cotidiano, en los ámbitos en los que la vida diaria se ha desarrollado: el campo, el llano, el camino, a la vera del río o al pie de la montaña, es decir, en espacios abiertos, en los que son testigos los animales, los elementos, los astros.