Como todos los grandes trasbordos de la historia, el cambio que procuró la Revolución Mexicana fue definitivo, de efectos inmediatos extremos en buena parte de la geografía del país, creativo y calamitoso. También, como todo proceso de quiebre social revolucionario, fue pródigo en ideales de justicia, en radicalismos de muchos signos y resistencias ancladas en el pasado, en intereses oscuros y en esfuerzos heroicos -la mayoría de ellos ensayados por personajes anónimos.
Pero sobre cualquier cosa, fue umbral del despertar colectivo: durante la guerra (1911-1920) se cobraron agravios novedosos igual que se ajustaron cuentas con la historia; después, no menos bruscamente, se reconstruyó la República bajo el espíritu de la Constitución de 1917. El paso del tiempo y la evolución de los procesos jurídicos y políticos que dieron cuerpo legal a los gobiernos que ensayarían aquel cambio nacido con el Plan de San Luis Potosí en 1910, como cualquier fábrica humana, ha llevado consigo un inevitable corrimiento hacia el desgaste y al olvido de sus detalles. La historia del arte resuelven ese estatuto de incertidumbre: han rescatado, durante generaciones, los pasos perdidos.
Daniar Chávez Jiménez y Salvador Rueda Smithers